El viernes Fran Perea presentó su nuevo disco El hombre invisible en La Sala del Movistar Arena de Madrid, en un concierto en el que se mostró más visible que nunca, mientras sonaban canciones de su nuevo álbum, pero también aquellas que ya forman parte de su trayectoria y, en muchos casos, de nuestra vida.
La verdad, es que lo de la otra noche no fue un concierto al uso. Fue un espectáculo que llevó el directo tradicional un paso más allá. Fran no solo cantó, sino que también dio voz a distintos personajes a los que ha interpretado a lo largo de su carrera, explorando así esa fina línea entre la ficción y la realidad. Algo que se unió perfectamente con el gesto de abrir un baúl. Un baúl que formaba parte de la escena y del que iban saliendo objetos que ayudaban a hilar las canciones y los momentos, construyendo así un show parecido a una pieza teatral, que bailó en todo momento entre la música y la interpretación, los dos mundos que conforman parte de su carrera. Y es que en ese baúl uno podía encontrarse incluso a sí mismo.

El público entró desde el primer momento en ese baúl mientras las canciones del nuevo álbum convivían con la nostalgia de temas como La vida al revés o La chica de la habitación de al lado, o cuando, en uno de los cambios de vestuario, Fran sacó una chaqueta vaquera en la que se podían ver varias portadas de revistas como Super Pop o Bravo, aquellas que llenaban los quioscos con su rostro en la portada. Un guiño a una época en la que, quizá, quiso convertirse en el hombre invisible en más de una ocasión.

Del baúl también salió un ejemplar del Don Juan Tenorio, algo que aparece también en Dicen de mí, una de las canciones del nuevo álbum. De ese modo, resonó en La Sala el ya mítico verso: “¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?” Un momento en el que la música y la palabra se unieron perfectamente, reflejando quizás lo que él mismo siente cada vez que sube a un escenario.

La noche también dejó lugar para las colaboraciones, y Ana Guerra apareció en escena para interpretar junto a él Punto y aparte, un dueto que el público recibió con emoción, como la que ellos mismos transmitieron.
Entre canciones, historias y recuerdos, el concierto fue construyendo un pequeño viaje por las distintas etapas de un artista que sigue encontrando nuevas formas de vivir el escenario. Un espectáculo en el que cada canción parecía abrir una puerta distinta al pasado, presente y futuro dentro de ese baúl lleno de luces y, quizás, alguna sombra.

Estoy segura de que todxs tenemos algo de El hombre invisible, porque a veces la vida se pone del revés y nos basta con respirar un poco de aire para darnos una alegría y dejarnos querer, aunque no sepamos muy bien qué va a ser de nosotros. Lo que si sé es que tras la puerta siempre me esperará la chica de la habitación de al lado, a la que le daré mi corazón a pesar de lo que puedan decir de mí.
Muchas veces un concierto es como un punto y aparte, con canciones que llegan como esa bala perdida que atraviesa sin avisar. Pero aunque digan que soy alguien raro, aun así, me sale a cuenta. Cuando las luces se apagan, sabes que siempre voy a pensar en ti, porque en noches así uno más uno nunca son dos, quizá siete… o más.
Y si algo tengo claro, como muchos de los que el otro día estuvimos allí, es que nos volveremos a ver. Esa fue la frase de la noche, la que todo el mundo siguió cantando en el guardarropas, en la escalera de salida, en la calle… mientras las conversaciones fluían, alguien seguía silbando y tarareando esa frase. ¿Existe algo más mágico? ¿Más visible?





