Esta película respira incomodidad. Respira angustia desde el minuto uno. Y el espectador acompañará en cada suspiro y falta de aire a un Antonio De La Torre más angustiado que nunca. Hay algo turbio flotando en el ambiente desde el primer momento, una sensación constante de que todo funciona como no debería, pero nadie parece dispuesto a detenerlo. Los personajes se mueven en esa zona gris donde no existen los héroes, solo personas que aceptan, callan o miran hacia otro lado. Y en esa normalidad es donde la película resulta más inquietante.

“Los Tigres” es, en el fondo, un retrato amargo sobre cómo lo injusto puede llegar a parecer normal cuando se repite lo suficiente. No ofrece respuestas claras ni finales reconfortantes. Solo deja una sensación persistente, incómoda, que acompaña mucho después de que la pantalla se quede en negro.
Las interpretaciones de Bárbara Lennie y Antonio de la Torre en Los Tigres se sostienen desde la contención y el peso de lo no dicho.
El personaje de Bárbara Lennie parece siempre un paso por delante emocionalmente, más consciente del precio que se paga por callar o por mirar hacia otro lado. Lennie construye esa conciencia desde la mirada y el silencio, sin necesidad de subrayar el conflicto interior
Alberto Rodriguez no grita, no denuncia a voces; observa y deja que sea el espectador quien saque conclusiones. Nos relata la viva imagen de un hombre callado, ahogado por su propio ser. Con unos miedos que pesan demasiado como para poder bucear con total libertad.
Aqui observamos su mirada, la de un cineasta interesado en lo que se esconde bajo la superficie, en los espacios donde la moral se vuelve difusa y las decisiones nunca son limpias del todo.





