Edu vive para correr. Para ganar. Para demostrar que la rabia también puede ser motor. Óscar Casas se mete en la piel de un joven piloto marcado por la exigencia, el control y una relación padre-hijo donde el amor se confunde con la presión. Como entrenador, su padre quiere que arriesgue y gane; como padre, intenta protegerlo. Y en medio queda Edu, atrapado entre la velocidad, el miedo a fallar y la necesidad de elegir por sí mismo.
Ídolos sitúa su historia en un entorno donde el éxito no admite pausas y donde el error se paga caro. Edu ha crecido entendiendo que correr es la única manera de avanzar, que frenar es sinónimo de perder. La pista se convierte así en un espacio físico, pero también emocional, donde cada curva es una prueba y cada decisión, un límite que poner o cruzar. Óscar Casas construye un personaje contenido, tenso, que guarda más de lo que dice y que encuentra en el asfalto la única vía para liberar lo que no sabe expresar de otra forma.
La relación con su padre es el eje que sostiene gran parte del conflicto. Entre ambos se mueve una línea difusa entre el cuidado y la imposición, entre el deseo de proteger y la necesidad de controlar. Esa ambigüedad marca el crecimiento de Edu, que debe aprender a distinguir qué expectativas le pertenecen y cuáles ha heredado sin cuestionar.
En ese proceso, el personaje se enfrenta a una verdad incómoda: no todo se gana acelerando. A veces, el verdadero riesgo no está en ir más rápido, sino en detenerse, mirar alrededor y permitirse sentir. Ídolos es, en ese sentido, el viaje de un joven que aprende que correr no siempre es huir, pero que elegir cuándo parar también forma parte de la carrera.




