Rubén Pozo inaugura 2026 con la fuerza y madurez de 50town

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La cuesta de enero en Madrid suele medirse en facturas, frío y silencios. Pero anoche, 15 de enero, la capital abrió una excepción en La Sala del Movistar Arena. Rubén Pozo, acompañado por Los Chicos de la Curva, extendió 50town del disco al escenario y lo convirtió en una ciudad habitable para un público que llenó la sala hasta el último rincón.

La gira 50town, que lleva el nombre del quinto álbum en solitario de Rubén Pozo —lanzado el 10 de octubre de 2025 y grabado con una energía próxima al directo— ha profundizado desde el otoño por salas de toda España. Ayer era, sin embargo, la primera gran noche de 2026 en Madrid, una pausa colectiva en la rutina de invierno para reencontrarse con canciones que ya han habitado nuestro paisaje afectivo y para escuchar otras que van definiendo el presente del artista

El concierto arrancó con la precisión de un metrónomo afinado: Efímero abrió el set sin nostalgia impostada, como si la canción fuera un pasaporte para entrar en 50town, ese territorio simbólico donde la experiencia no pesa, sino que impulsa. Estamos como queremos siguió el camino, y desde los primeros acordes el público, que llenaba la sala hasta el último resquicio, recibió por todo lo alto a las recién llegadas.

No tardó en llegar un saludo cercano que rompía cualquier formalidad: “No bebas y no te metas en ‘fregaos’ me han dicho antes de salir… es mi primer concierto del año, ¡muchas gracias a todos por venir!”. Esas palabras marcaron la primera fisura de la noche, anunciando un tono de cercanía y complicidad que se mantendría hasta el final de la noche.

La transición a Dispárame, también perteneciente al álbum reciente, encontró a la banda cohesionada como un bloque sólido. El bajo de Ángel Herranz, la batería de Loza, las guitarras de Charly Bastard y el añadido de Sergio Valdehita en teclados tejieron una atmósfera que jamás dejó a la audiencia en puras expectativas: todo lo que ocurriera sonaba, literalmente, como si hubiera sido construido para ser vivido ahí mismo.

El recorrido del concierto no fue lineal ni académico sino vital. Intercaló clásicos de su trayectoria —esas canciones que llegaron de la mano de Pereza como Margot, Grupis o Madrid— sin que el gesto sonara a mera evocación. Eran instantáneas de memoria colectiva, detonantes de emoción compartida, lugares comunes donde todos se reconocían sin necesidad de explicar cómo ni por qué. Después, otros temas más personales como T Rex o Chavalita desplegaron zonas más íntimas del repertorio, cada una interpretada con la entrega que solo otorga la familiaridad con la carretera y el oficio.

Pero más que el repertorio —que fue sólido y generoso— lo que sobresalió fue la conexión que se respiró: no era un público viendo a un artista; era un público que se sabía acompañado. Pozo, guitarra en mano, parecía trazar una línea continua sin dejarse aristas superfluas: su instrumento es, en escena, algo más que una herramienta. Es una extensión de intención, un puente que sostiene cada frase y cada pausa durante más de hora y media. Esa conexión que algunos llaman “estar en casa” no es frivolidad: es la sensación concreta de reconocer, entre canción y canción, que la noche es de todos.

La empresa de 50town —tanto en disco como en directo— no es solo celebrar la llegada a los cincuenta, sino convertirla en un punto de partida para seguir contando historias con honestidad, sin renunciar a la energía rockera que caracteriza a Pozo desde sus días con Pereza hasta hoy. Anoche, en Madrid, esa idea cobró forma plena: como si la ciudad hubiera sido un puente entre lo que fuimos y lo que aún queremos escuchar, entre la memoria de viejas canciones y la promesa de otras por venir.

Salir al aire frío tras el final del concierto fue recordar que 50town, más allá de ser un disco, define un presente: canciones que conectan décadas de trayectoria con la frescura de quien aún se reinventa. Ayer en La Sala del Movistar Arena, Rubén Pozo y su banda demostraron que la madurez no limita, sino que organiza la energía: un público entregado, un repertorio que mira atrás sin quedarse en la nostalgia y un músico que construye nuevas formas de habitar el escenario.

Esa combinación convirtió la noche en un respiro necesario: un instante en el que la música alivió, aunque fuera por unas horas, la cuesta de enero.

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