Elena Molina: “Con esta historia queríamos huir del morbo y el sensacionalismo”

La nueva serie documental 'La Chaparra', dirigida por Elena Molina, aborda desde la cercanía y el respeto, la vida de tres generaciones marcadas por una secta y su proceso de reconstrucción.

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Marta Juanola
Marta Juanola
CEO, redactora y fotógrafa. Entre Barcelona y Madrid hablo y escucho con lacajadmusica, escribo historias y congelo recuerdos con mi cámara.

Hoy, 30 de abril, llega a Movistar Plus+ una de esas historias que no buscan impactar, sino remover. ‘La Chaparra (Yo nací en una secta)’, la nueva serie documental de la plataforma, dirigida por Elena Molina, que reconstruye más de tres décadas de vida dentro de una secta.

Aunque ella no es la protagonista de la historia, sí lo es de la conversación de este artículo, y antes me apetece tomarme la licencia de contaros cómo conocí a Elena, como si fuera el prólogo de esta historia. Fue casi que por casualidades de la vida. En el bullicio de un photocall. Ella presentaba su anterior proyecto ‘Flores para Antonio’ en Callao, Madrid. Aquella noche la fotografié riéndose con Isaki Lacuesta, compañero de dirección en el documental, y después agarrando fuerte la mano de Alba Flores. De alguna manera, esas fotos hicieron la magia. Los reconocimientos que ha ido acumulando el proyecto nos han ido cruzando en distintas alfombras, y yo he ido congelando detalles de ese viaje que han vivido.

Esta vez, nuestro encuentro ha sido distinto. Más pausado. Sin el ruido de un photocall y con la tranquilidad que requiere esta historia. Elena y su equipo, del que está muy orgullosa, se han adentrado en el caso de ‘La Chaparra’ para contar la historia de tres generaciones de una misma familia que vivió durante más de 30 años dentro de una secta liderada por Antonio Garrigós Lucas, conocido como el “Tío Toni”. Es una producción original de Movistar Plus+ en colaboración con En Cero Coma (Fremantle), con producción ejecutiva de Marias Recarte, también creadora del proyecto, y Rosaura Romero, y con idea y argumento de Marias Recarte y Cristina Nieto.

Pero esta no es una historia contada desde el lugar habitual. “Queríamos huir del morbo y el sensacionalismo y que el peso estuviera en los protagonistas”, me dice casi al empezar, dejando clara una de las premisas del proyecto. Y ahí creo que está todo. Porque esa decisión de algún modo marca el tono, la mirada y también la responsabilidad de sostener, desde el respeto, el proceso vital de quienes han vivido algo así y ahora lo están compartiendo.

Para Elena, que también ha participado en el guion, era importante construir desde lo humano e insiste en que “Es una historia de personajes, muy humana”. Algo que se traduce en una serie que no busca recrearse en el horror, sino en entender. “A medida que nos acercamos a sus protagonistas, es la propia historia la que va desvelando los mecanismos de un proceso sectario”, añade. Sin juicios. Sin respuestas cerradas. Solo acompañando. Acompañar es, de hecho, una de las claves del documental que permite al espectador vivir el viaje sin condicionantes. “Porque esto no es solo una historia que se cuenta, es una historia que se vive”, dice Elena. Y creo que ahí está una de las grandes fuerzas de la serie, que ellos siguen en ese proceso, aprendiendo, literalmente, a vivir fuera de la que durante gran parte de su vida ha sido su única realidad. Por eso, era tan importante encontrar el equilibrio entre el pasado y el presente. Entre lo que ocurrió y lo que está ocurriendo ahora. Entre la memoria y la reconstrucción.

Durante los tres capítulos de la serie documental, se abren varios debates importantes. El miedo es uno de ellos. Un miedo aprendido, interiorizado durante años. Un miedo que nace del desconocimiento y que condiciona cada paso. Pero también un miedo que, poco a poco, los protagonistas están enfrentando y desactivando.

La serie también habla de los abusos. No solo de los más visibles, sino de los más difíciles de nombrar, como el abuso de poder, la manipulación, la pérdida progresiva de la libertad. Un proceso lento en el que, como me explicaba Elena, vas cruzando líneas casi sin darte cuenta, hasta que ya no sabes dónde estás ni cómo volver atrás. La serie pone palabras también a algo complejo como la manipulación coercitiva, una manipulación que a día de hoy sigue siendo un desafío judicial y penal.

Otro tema importante del que se habla es de la culpa. Una culpa que atraviesa las tres generaciones de manera distinta, que se transforma y se mueve en muchas direcciones. Pero que también evoluciona. “Ha evolucionado en ganas de proteger a otras personas”, me cuenta Elena. Y ahí aparece uno de los motores más potentes del relato, el querer contar la historia. Convertir el dolor en algo que pueda servir para ayudar y proteger a otros que puedan estar viviendo situaciones similares. Algo que me parece un acto de generosidad muy potente.

Cuando hablamos del viaje paralelo vivido en las salas de montaje, me reconoce que ha sido “uno de los montajes más intensos” y destaca la valentía de un equipo del que está profundamente contenta.

A nivel sensorial, la serie también construye un universo muy particular. La música, con la BSO de Raül Refree, juega un papel clave. Sin subrayar, sin condicionar. Simplemente acompañando, como la propia historia. No busca decirte qué sentir, sino abrir espacio para que lo sientas.

Y luego está el lugar. ‘La Chaparra’ no es solo un escenario. Es memoria, herida y símbolo. El equipo pudo rodar en el espacio real y, además, acompañar a los protagonistas en su regreso. La primera vez después de todo. Y eso, fue de algún modo enfrentar varias de las emociones que antes hemos comentado. Cerrar, o empezar a cerrar, algo. Y ver eso creo que es otro acto de generosidad y transparencia de esta historia.

Elena me habla de ese regreso con cierta emoción y además me habla de los olores que allí aparecieron. De cómo, para Sara, Gabriel y Yehosua, esos olores conectaban directamente y de manera irracional con todo lo vivido. Algo que me resume de manera simbólica con el olor a cerrado y el contraste con el aire libre. El pasado y el presente. Lo que fue y lo que empieza a ser.

Con esa misma sensibilidad, creo que el documental respira la esencia de Elena, con una mirada propia que se detiene en el detalle, en lo que no siempre se puede nombrar, y que encuentra en la delicadeza una forma honesta de contar. Ella no impone, sino que acompaña, algo muy reconocible en anteriores trabajos, como ‘Flores para Antonio’, Remember my name’, ‘Rêve de Mousse’, ‘All I need is a ball’, entre otros, y que lo convierte en una importante característica de su sello.

Sin duda, creo que estamos frente a un relato en tiempo presente que no busca dar respuestas sino abrir preguntas. Porque, en el fondo, esta no es solo una historia sobre lo que ocurrió allí dentro. Es también una historia sobre lo que viene después. Sobre cómo se reconstruye una vida desde cero. Sobre aprender, de verdad, a vivir fuera de todo aquello. Sobre volver a empezar.

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